CUMBRES DE CARTAGENA: SENDERISMO
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PEÑAS BLANCAS (629 M)


Coordenadas: 37° 36.150' N   1° 9.267' O
Ruta en Wikiloc, por el Barranco de la Vibora
Situación con google maps
Topografia IGN

Plan de Ordenación de los Recursos Naturales de La Muela, Cabo Tiñoso y Roldan

"Geológicamente se trata de un espejo de falla, ya que aunque su nombre lo recibe por su apariencia blanquecina su color es terrizo y sus capas blancas las debe a un liquen que la cubre en algunas zonas, se trata de criptógama compuesta, un alga microscópica y un hongo que viven sobre la superficie de las rocas. Esta superficie se vuelve resbaladiza al humedecerse por lo que los alpinistas conocen la dificultad de escalar sobre esta pared rocosa." - Region de Murcia Digital.

Mas Fotografias



Mapa de Situación
Fotocomposición


Paredes desde la cumbre

Rambla del Cañar
Cumbre "canina"


Desde la Rambla del Cañar


 Leyenda de las Peñas Blancas:

          "Cuentan que en aquellos tiempos de privaciones vivía en Tallante un párroco con su sobrina, a la que llamaban Mariluz. Era ésta una mocita joven, recién rebasada la pubertad, que se abría a la vida hermosa y dulce como las flores de marvarisco. Tan celoso estaba el párroco de su belleza y de los mozos que acudían a cortejarla atraídos por el delicado aroma de su lozanía, que no permitía a su sobrina ni pisar la calle salvo para ir a escuchar misa.  
        Así que Mariluz veía girar el mundo de lejos, a veces desde su ventana, otras desde el primer banco de la iglesia donde su tío oficiaba el servicio cada día. Y mientras, ella rezaba, rezaba mucho pidiendo un amor que la librase de esa suerte.
Sucedió que en ese pueblo vivía también José Juan, un mozo despierto y de buen corazón que hacía los recados del tendero y llevaba a casa del señor párroco legumbres y huevos cada semana. Como de las cuentas de la cocina se encargaba la sobrina, y no conocía la chica más varón con el que cruzar palabra, pasó lo que tenía que pasar y acabó haciendo amistad con el mozuelo o, más bien, prendándose de él. Surgió el romance casto que se avivaba cada noche cuando, bajo la luna y a espaldas del señor cura, José Juan la rondaba al otro lado de la reja de su ventana.
En esto llegó el tiempo de la romería del Cañar, allá por el mes de enero, y salió en procesión la Virgen acompañada del pueblo entero y de los peregrinos de la región. Entre tanta multitud nadie reparaba en que José Juan caminaba muy cerca de la sobrina del cura. Ambos jóvenes se quedaron rezagados al final del grupo, lejos de la atención del atareado párroco, que sólo tenía ojos para los continuos traspiés de los portadores de la Virgen de la Luz, que ese año parecían más torpes que nunca.
Así, llegando a la Rambla del Cañar, y amparados por la distracción de la buena Virgen, los enamorados escaparon sin ser vistos, alcanzaron el borde de las paredes de Peñas Blancas y al caer la tarde enfilaron hacia un refugio de pastores donde pretendían pasar la noche.
     
         Ya se creían a salvo los jóvenes enamorados cuando sonaron los primeros disparos al aire. Comandados por el agraviado cura, un grupo de lugareños armados de trabucos intentaban dar caza y escarmiento al ultrajador y rescatar a la mancillada. José Juan huyó con Mariluz a salto de mata, seguro de encontrar un buen escondite  en  alguna  de  las  galerías  horadadas   por   las   recientes   explotaciones mineras. Cuando el grupo les dio alcance, ya bordeaban los altos de las minas de hierro y sólo una figura se recortaba en el atardecer. El cura, loco de rabia y celos al distinguir la silueta del mozo raptor, agarró el trabuco cargado de uno de los vecinos y disparó. Más que a José Juan debió acertar a las piedras que lo sustentaban, pues cayó el joven despeñado con un gran estruendo de rocas, que abrieron un gran boquete en una de las galerías y sepultaron su cuerpo bajo el desprendimiento.
             De Mariluz nunca más se supo. Con la salida del sol, después de buscarla toda la noche inútilmente por las distintas galerías, los lugareños descubrieron espantados una nueva forma en la roca, allí donde José Juan había sido sepultado: una figura de mujer, moza de senos turgentes y expresión triste, aparecía recortada en bajorrelieve sobre la pared vertical que hacía de lápida a la tumba de su amado.
Cuentan que el párroco enloqueció y terminó sus días perdido en aquellos montes, desafiando los cortados verticales de  caliza  de  las  Peñas  Blancas  y  llorando  a  su  sobrina por las galerías abandonadas de las minas de hierro.
            Y cuentan también que su alma condenada sigue penando por aquellos parajes, vigilando a la doncella que vive en la roca y dispuesto, trabuco en mano, a despeñar a cualquiera que ose tocarla."