CUMBRES DE CARTAGENA: SENDERISMO
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Rambla de la Murta - Peñón del Infierno

 


Video de Relive de Julio


Video de fotos


Crónica de Julio Parra
Bajo el palio de una tarde que comenzaba a vestirse de oro, una docena de almas integradas en el Centro Excursionista (CEX), guiadas por el firme compás del compañero Antonio Serrano, nos adentramos en los dominios de la Sierra de Carrascoy. Este macizo se alza como un gigante de piedra, poseedor de un encanto áspero, casi telúrico, donde la aridez dialoga secretamente con una riqueza natural y etnográfica monumental. Nuestro viaje inició su canto en la pedanía de la Murta, un susurro habitado, mínimo y singular, cobijado administrativamente por el municipio de Murcia junto a Corvera, pero cuyo corazón late en la vertiente meridional de la sierra, abrazando con la mirada el infinito Campo de Cartagena.
El origen de este rincón se halla indisolublemente ligado al sudor de la tierra y al tintineo de los rebaños tras la Reconquista cristiana, cuando Alfonso X El Sabio reordenó estas fronteras en el siglo XIII. Cuentan los viejos pergaminos de la Catedral de Murcia que ya entonces se alzaba la «Torre de La Murta», una atalaya vigía medieval que, enraizada en el pasado islámico, ojeaba el horizonte previniendo incursiones. Su propio nombre es pura sinestesia: evoca el aroma fresco y verde del arrayán o mirto (Myrtus communis), un arbusto sagrado para los antiguos que aquí prosperaba gracias a la humedad oculta de sus ramblas. Tierra de labradores recios y canteros de manos encallecidas, que extraían la nobleza de la piedra serrana, La Murta se nos presentó como un oasis detenido en el tiempo, un óleo donde los almendros preñados de flor, las oliveras centenarias y los algarrobos susurran crónicas olvidadas.
Si observas las primeras imágenes del álbum, uno no puede evitar sentir el peso sagrado de este punto de partida. La luz de la tarde hiere limpiamente las fachadas encaladas de la pequeña pedanía, que parece fundirse con el ocre de la tierra. Hay una quietud de piedra y silencio; las siluetas de los senderistas, perfectamente pertrechadas, contrastan con la inmutabilidad de los árboles frutales y la iglesia que corona el núcleo. Es el preludio visual de un viaje hacia lo antiguo, donde el asfalto muere para dar paso a la herencia viva del paisaje.
Con el esfuerzo propio de quien desciende a los altares de la tierra, quebramos el relieve para alcanzar el lecho de la Rambla de la Murta. Ella es la espina dorsal de la ruta, una herida geológica que se transforma en una lección viva de adaptación humana a la pertinaz sequía del sureste. El tramo más espectacular y encajonado se prolonga durante unos cinco kilómetros, un pasillo de piedra antes de que la senda exija ganar altura de forma severa hacia los paredones verticales.
Caminar al inicio por este cauce amplio de gravas y arenas es sentir el crujido del tiempo bajo las botas, flanqueados por terrazas de cultivo que desafían la gravedad. A medida que avanzamos, las murallas calcáreas se estrechan y se elevan, aprisionando el espacio en un abrazo de sombra y eco. Es aquí donde el paisaje se vuelve humano y arqueológico: surgen ante nosotros aljibes, pozos e ingeniosas canalizaciones de piedra seca. Son los templos de la cultura del agua, cicatrices de un pasado donde cada gota era un milagro perseguido por el ingenio de los antiguos pobladores de la Región.
La flora sale al paso como un tapiz de contrastes aromáticos y visuales, perfecto ejemplo de monte mediterráneo semiárido. En el lecho húmedo y los márgenes de la rambla se desata un duelo cromático: el verde intenso de los baladres o adelfas (Nerium oleander), la flexibilidad de los juncos (Juncus effusus), el esparto (Stipa tenacissima) con su promesa artesanal, el perfume punzante del romero (Salvia rosmarinus) y el tomillo (Thymus vulgaris), junto a la densidad de los lentiscos (Pistacia lentiscus). Más arriba, desafiando los riscos, el paisaje se tiñe con el verde perenne del pino carrasco (Pinus halepensis).
La dificultad en este tramo se mantiene en un rango bajo-medio, pero el suelo es engañoso: el andar constante sobre la arena blanda y la piedra suelta desgasta los músculos y fatiga las piernas. Además, la naturaleza reclama lo suyo en los tramos «enmarañados», donde la vegetación de ribera invade el cauce con pasajes intrincados, obligándonos a sortear bloques de ramas y rocas en un ejercicio de agilidad. Entre risas, alguien recordó que nos habíamos dejado el machete en casa.
Si miras las fotografías en la profundidad de la rambla transmiten una atmósfera casi mística. El móvil revela la verdadera escala humana frente a las monumentales paredes de roca sedimentaria que se yerguen hacia el cielo. Destaca la textura áspera de las paredes geológicas, erosionadas por milenios de avenidas torrenciales. La paleta de colores es un juego constante entre las sombras frías del desfiladero y los fogonazos de sol que encienden el verde de los baladres. Se percibe en las imágenes el esfuerzo del grupo, hilvanando una línea humana que serpentea entre bloques de piedra, desafiando el laberinto vegetal.
Aproximadamente a mitad de la rambla, abandonamos la relativa comodidad del cauce para encarar el verdadero desafío de la tarde: el Peñón del Infierno. El nombre no es gratuito; es el plato fuerte, la prueba de fuego de la senda. De inmediato, el sendero rompe la horizontalidad y se vuelve vertical, una línea indómita que zigzaguea entre los cortados, las canchaleras y los canchales descompuestos de la cara sur de Carrascoy.
Aquí la montaña cambia de carácter y la dificultad asciende a media-alta. Es un terreno hostil, desaconsejado para quienes padecen de vértigo o carecen de hábito en el entorno alpino. El suelo se vuelve esquivo, resbaladizo, compuesto por piedra suelta que cede a cada paso. Nos enfrentamos a pasos expuestos donde el vacío tira de la mirada, alcanzando una zona clave de trepada pura. La roca exigió el uso de las manos y la providencial ayuda de una cuerda fija instalada en la piedra, un cordón umbilical que nos permitió superar con seguridad el exigente desnivel.
Finalmente, coronamos los 650 metros sobre el nivel del mar. Una altitud respetable y ganada a pulso, considerando que nuestros primeros pasos partieron casi desde la cota cero del Campo de Cartagena. Allí arriba, desafiando las inclemencias del tiempo y el olvido, nos recibió un entrañable misterio: un Belén navideño colocado hace años por manos montaraces. Aunque el sol y el viento han descolorido las figuras, el Nacimiento y los Reyes Magos permanecen imperturbables en su hornacina de roca, testimonio mudo de un esfuerzo humano que cobra un sentido casi místico en esa atalaya de silencio.
Las imágenes de este ascenso son sobrecogedoras y narran por sí solas la épica de la jornada. Se observa a los senderistas suspendidos sobre la pendiente, los cuerpos inclinados buscando el centro de gravedad, las manos aferrándose a la roca caliza. La fotografía de la trepada, con la cuerda fija como línea de salvación, plasma a la perfección la tensión física y la concentración del momento. Al fondo de las instantáneas, el abismo empieza a abrirse, mostrando la recompensa del esfuerzo: una inmensidad donde la llanura se diluye en una neblina azulada, un contraste perfecto entre la solidez de la roca en primer plano y la ligereza del aire infinito.
Coronar el Peñón del Infierno es recibir una bofetada de belleza y libertad gracias a su vertiginosa caída. Hacia el Sur y el Sureste, los ojos dominan de forma absoluta la infinita llanura del Campo de Cartagena, un tablero de ajedrez agrícola que se prolonga hasta encontrar la silueta nítida del Mar Menor y el azul profundo del Mar Mediterráneo, recortados contra el cielo limpio de la tarde. Hacia el Oeste, la mirada viaja por los relieves de la Sierra de la Tercia y las llanuras de Fuente Álamo. Al Norte, dándonos la espalda, se alza la imponente, abrupta y oscura cresta de la propia Sierra de Carrascoy, coronada por las antenas de su cumbre mayor a más de 1.000 metros de altitud, como lanzas que intentaran pinchar las nubes.
Para cerrar este anillo circular, el descenso desde el Peñón nos exigió activar todos los sentidos y extremar la precaución. La bajada por las losas de piedra lisa, pulidas por los elementos, combinada con la traicionera gravilla suelta, convirtió este tramo en el más crítico para los resbalones. En este terreno, los bastones de senderismo no son un accesorio: son la vida misma, los poyales en los que apoyar la fatiga y el equilibrio.
Una vez superados los cortados, la senda se reconcilia con el caminante y conecta con el sendero tradicional, aquel que tantas veces hemos hollado en nuestros ascensos hacia los vértices geodésicos de Carrascoy. El camino se suaviza por completo, tornándose amable y tierno. El regreso nos regaló un ritmo pausado, idóneo para dejarse acariciar por la densa sombra que las paredes de la rambla proyectaban a última hora de la tarde, mientras la luz crepuscular encendía los campos de secano que, como un faro de tierra, nos guiaron de vuelta directamente a la plaza de La Murta.
Las fotografías presentan este tramo final con una luz crepuscular conmovedora. Los rostros de los componentes del CEX, retratados en la cumbre y durante el descenso, reflejan una mezcla de cansancio y profunda satisfacción. Las sombras se alargan en las fotografías, tiñendo el paisaje de tonos violáceos y anaranjados. La última toma del sendero abriéndose hacia la llanura capta la esencia del regreso: el caminante que vuelve a la civilización con la retina llena de horizontes y el espíritu en paz.
Completamos así una formidable ruta de 13 kilómetros que amalgama con maestría el senderismo de rambla, la exigencia de la trepada montañera y el sabor más puro de la Murcia rural. ¡Vaya mi más sincera enhorabuena al amigo Antonio por su impecable guía en esta aventura!
Desafortunadamente, el dios Cronos corrió más que nosotros; llegamos con el sol ya sepultado bajo el horizonte y tanto el entrañable garito de la Sra. Isabel como el bar de la Murta permanecían cerrados a cal y canto. Lejos de amilanarnos, pusimos rumbo de vuelta a la Departamental, buscando refugio en el restaurante “Delante”. Allí, donde preparan unos montaditos que son un auténtico manjar para el cuerpo fatigado, rendimos el merecido y litúrgico culto a la rubia bien fría, brindando por la senda compartida, la roca superada y los caminos que están por venir. Salud.


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